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| Evolución de las Estancias Patagónicas |
La Patagonia es una región
comprendida entre los paralelos 36 y 55 grados de latitud sur,
cubre un área de 780.000 Km2 y representa aproximadamente
un tercio de la superficie continental del país. La integran
seis provincias: La Pampa, Neuquén, Río Negro,
Chubut, Santa Cruz, Tierra del Fuego, Antártida e Islas
del Atlántico Sur, habitan 1.500.000 personas, siendo
su densidad poblacional de 1,9 habitantes por km2.
Cuando en 1878, por Decreto del Presidente Sarmiento, Argentina
instituyó la "Gobernación del Sur",
este "Sur" era todavía un tanto misterioso
para la mayor parte de los argentinos. Es más, para muchos
aún hoy es el símbolo de una región inhóspita.
En aquél momento se conocían ya los puertos de
la costa atlántica pero sólo poco tiempo antes
se habían iniciado los viajes de exploración al
interior de la Patagonia Austral
Entre la Cordillera y la costa atlántica, a través de las mesetas esteparias y semi desérticas de la pampa, transitaban los indios Tehuelches, nómades dedicados a la caza de guanacos, ñandúes y ciervos andinos (huemules) aún abundantes. La presencia aborigen, era escasa en relación al amplio territorio. Pero ya se habían establecido también algunos colonos en los lugares más propicios para la cría de ovejas y en ciertas zonas también de vacunos, particularmente en los valles al pie de la Cordillera y a orillas de los grandes lagos patagónicos. La colonización de la Patagonia mantuvo el orden de evolución que rigió en el resto de América. Los colonos traían consigo ganado, aves y animales domésticos, junto con sus costumbres y tradiciones, que en la mayoría de los casos no se llevaban para nada bien con el equilibrio de los ecosistemas y de las comunidades aborígenes ya existentes.
Desde los comienzos del poblamiento pastoril en la región
y hasta el inicio de los estudios científicos sistemáticos,
ocurrieron más de 60 años en los que se decidió
la distribución y puesta en producción de las
tierras, sin un criterio de sustentabilidad y sin el conocimiento
de la estructura y funcionamiento del ecosistema árido
patagónico.
Es difícil imaginar cuán dura fue la vida de estos colonos que con poquísimos medios debían construirse todo por sí solos, desde la habitación hasta los recintos para los animales e incluso los carros con los cuales transportaban una vez al año los fardos de lana hasta los puertos de la costa atlántica. Con las ganancias de la venta de la lana tenían luego que comprar lo necesario para vivir el resto del año, sobre todo sal y harina.
Los colonos eran de proveniencias diversas. Muchos eran inmigrantes europeos que habían llegado hasta la Patagonia en busca de un trabajo que no habían encontrado en el Norte de la Argentina; otros eran los marineros que habían quedado en tierra, los liberados de la cárcel de Ushuaia, los aventureros cansados de girar por el mundo, los buscadores de oro desilusionados por las promesas de la Tierra del Fuego y los refugiados políticos de varias naciones. Más adelante, se instalaron también algunos de quienes habían acompañado a geógrafos y militares durante las comisiones de los límites, que quedaron fascinados por la extraordinaria belleza de los lugares y por el sentido de libertad transmitido por los grandes espacios deshabitados. Cada uno se construyó su propia casa donde más le agradaba, una casa que en ocasiones pasó de ser un pequeño y miserable rancho a una cómoda estancia. El sueño de prosperidad se expresaba en recurrentes nombres como "El Porvenir", "La Esperanza", "El Progreso", "El Prodigio". Sin embargo la decadencia iba en aumento y sólo a alguna de estas estancias llegó la fortuna, a las otras no.
La aparición de estos establecimientos transformó el paisaje y ubicó a la Argentina entre los primeros proveedores de materia prima del mundo. Eran verdaderos pueblos aislados que poseían alrededor del casco principal toda la infraestructura para el desarrollo de la vida cotidiana: escuelas, puestos sanitarios, bibliotecas, usina eléctrica, panadería, establos, pastores y peones.
El gaucho pasó a ser trabajador de la tierra, capataz
y protagonista, mientras los dueños de la hacienda generalmente
pasaban los inviernos en Europa para regresar a sus tierras
en el verano.
Las principales causas del deterioro ambiental en la Región son atribuibles en gran medida al desconocimiento del verdadero potencial de los recursos naturales y la sobrevaloración de la receptividad de los campos de pastoreo, que indujo a la sobrecarga animal provocando sobrepastoreo. La disminución de la disponibilidad forrajera es producto del reemplazo de especies valiosas por otras no forrajeables, en ciertos ambientes, o bien por pérdida neta de vegetación que conduce a la formación de “peladales”, áreas con cobertura de vegetación por debajo del 20 %. La gradual y sostenida erosión por la presión del ganado y la introducción de diversas especies ovinas, cada vez más fuertes y productivas, el fraccionamiento de las tierras y la eliminación progresiva de especies autóctonas, tanto predadoras como competidoras, aceleraron el proceso de erosión natural y desertificación.
La alteración del equilibrio suelo-pastizal natural en el ecosistema, inicialmente imperceptible permitió el aumento del stock de ganado ovino hasta superar en 1.952, los 20 millones de cabezas. A partir de ese momento el impacto y las implicancias de la desertificación en la región comenzaron a expresarse, en la disminución del número de cabezas, flujo poblacional migratorio de las áreas rurales hacia las ciudades y de pérdidas de puestos de trabajo, entre otros. Asociado a este panorama nacional, a nivel internacional se observa un tendencia a disminuir el precio de la lana y a un aumento en el precio de los insumos del sector, esto provoca una fuerte disminución en la rentabilidad en los Establecimientos, en primera instancia, hasta alcanzar un impacto negativo de las Empresas, que se traduce en el cierre y abandono de los campos.
Así es que fueron varias las estancias que cambiaron más de una vez de dueño y de nombre; otras desaparecieron; de otras subsisten las ruinas o sólo mínimas huellas, como por ejemplo un corral destruido o frutales que con el tiempo se volvieron silvestres.
La regresión en la producción lanar en el mundo y la consecuente caída del precio de la lana bovina, sumada a la caída de productividad de las tierras en numerosas estancias patagónicas, han dado origen a una profunda crisis.
El fin de la década de los ochenta, en el siglo XX, marcó sin embargo un cambió muy marcado en algunas áreas, cambió debido en buena parte al descubrimiento turístico de la Patagonia y al incremento de la actividad andinística en algunos grupos montañosos que adquirieron gran fama, que están incluso casi de moda.
Los exploradores de los Andes Patagónicos Australes, y sobre todo los primeros andinistas, dependieron en forma determinante de la ayuda de los pobladores pioneros. En sus estancias los viajeros encontraban alojamiento, comida, baqueanos, caballos e informaciones. La estadía en la estancia formaba parte de toda aventura patagónica.
Con el paso de los decenios, la facilidad de los acercamientos a la Cordillera ha cambiado la dimensión de las relaciones con los hombres y con la naturaleza.
Las estancias que en un cierto sentido han ejercido en los Andes Patagónicos la función que en los Alpes europeos tuvieron los refugios para los alpinistas han sido sobre todo aquéllas estancias de administración familiar. Son parte de aquel patrimonio de historia y leyenda que constituye una especie de "humus" del andinismo patagónico, ya sea las actualmente existentes, como las que se fueron transformando, como las que han desaparecido.
Durante más de un siglo en la Patagonia Cordillerana el tiempo tuvo un ritmo propio, nada acelerado, es más, a menudo más lento que el del resto del mundo. Y hasta alguna vez, incluso, el tiempo retrocedió. Conservó así, en lo bueno y en lo malo, aspectos en otros lugares desaparecidos.
Conservó la solidaridad entre los pioneros y la generosa hospitalidad hacia los viajeros, y dejó también abiertas cuestiones humanas, sociales y económicas.
En la actualidad la mayoría de estos establecimientos, si bien continúan desarrollando actividades agrícolas ganaderas, han abierto las puertas de sus cascos y residencias para todos aquellos que quieran acercarse a la vida rural.
Algunos conservan el estilo de su época de esplendor, con una fastuosa arquitectura que emula los estilos europeos o coloniales, amobladas y decoradas lujosamente y otros, más sencillos ofrecen de todas maneras la misma calidez y confortabilidad que las anteriores.
Argentina posee en este momento unos 500 establecimientos agroganaderos aproximadamente, dedicados al turismo rural, de los cuales muchos han superado los 200 años de historia; y 120 se ubican en la Patagonia.
Además, al turista se le presenta una gran cantidad de ofertas recreativas de acuerdo al tamaño, la arquitectura, los servicios ofrecidos, la gastronomía, la cultura rural y la actividad agropecuaria de cada uno de los establecimientos.
Se puede realizar una gran variedad de actividades como la pesca, caza, paseos a caballo, trekking, observación y exploración de flora y fauna autóctona, visita a museos, etc., haciendo del día de campo un momento inolvidable.
El visitante puede participar de las típicas prácticas rurales: arreo de ganado, ordeñe de vacas, esquila de ovejas, señalada de corderos, yerra de vacunos a cargo de los gauchos, y disfrutar de los exquisitos platos típicos preparados por manos expertas, acompañado muchas veces de una guitarreada junto a bailes folklóricos.
Los museos rurales constituyen otra opción interesante donde se rescata la historia familiar y productiva de las poblaciones locales.
La Patagonia y sus Estancias conservaron el sueño de libertad de los grandes espacios…
Estancia Cristina | Estancia Helgsingfors | Estancia Nibepo Aike
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